Minarquia 2

La Constitución hace lo que tiene escrito que haga: Expandir el poder del estado, por Mises Hispano.

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Muchísimas personas (especialmente conservadoras) reverencian la Constitución y consideran que se ha abusado de ella y que si se reavivaran y respetaran las doctrinas allí expresadas todo iría bien de nuevo en Estados Unidos.

Por supuesto, esto es una especie de cuento para niños y se aproxima a la realidad aproximadamente en el mismo grado que el cuento de los tres cerditos.

La constitución nos fue vendida e impuesta por hombres como Alexander Hamilton, un buscador de poder que detestaba muy abiertamente las ideas expresadas por hombres como Jefferson en su Declaración (y aún más en sus Resoluciones de Virginia y Kentucky).

Hamilton y su facción (se les llamo federalistas, lo que entonces significaba lo que significa hoy) trataba de crear un gobierno centralizado siguiendo el modelo británico, pero sin un monarca hereditario. La declaración de derechos fue apenas añadida para disparar (correctamente, como resultó ser) a sospechosos, como a George Mason, de Virginia.

Patrick Henry sospechó algo.

En todo caso, permanece el hecho de que la constitución fue escrita con gran cuidado por abogados (que están formados y entienden bien el significado y uso potencial de las palabras ) de tal manera que asegure la expansión del poder federal a través (entre otras cosas) de la Cláusula de Comercio abierta a propósito y de frases deliberadamente nebulosas como “bienestar general” que puede ser y ha sido interpretada para que signifique… cualquier cosa que quieran que signifique los que controlan los mecanismos del estado federal.

Incluyendo (como ocurrió realmente durante los años de Roosevelt) que un hombre cultivando propias tierras y cuyo producto nunca abandona sus terrenos, no digamos el estado, está sin embargo sometido a regulación federal , porque sus acciones “afectan” al comercio interestatal.

De la misma manera, a los estadounidenses se les obliga a pagar la jubilación de otras personas (y a su vez obliga a otros a pagar las suyas) y esto se califica como una “contribución”.

En todo caso, el debate no tendría que ser sobre un pedazo de papel y qué legaliza o no. Algo puede ser moralmente reprochable y completamente legal. El debate tendría que ser sobre la cuestión de derechos frente a privilegios condicionales. Y si lo inmoral puede ser alguna vez (correctamente) legítimo.

¿Tiene un hombre un derecho absoluto a que le dejen en paz mientras el mismo sea pacífico o no? Si no, entonces no tenemos derechos sino privilegios condicionales, sujetos a modificación en cualquier momento y la moralidad es únicamente una cuestión de legalidad, en cuyo caso, los israelíes fueron gravemente injustos con Adolf Eichmann cuando le ahorcaron por hacer lo que obligaba la ley alemana.

La construcción es un documento inmoral. Explica una letanía de privilegios condicionales, sometidos a modificación en cualquier momento. El que esto se haga de una manera ordenada, a través de mecanismos prescritos “constitucionalmente”, no hace que lo que se haga sea legítimo moralmente.

Se limita a legalizarlo.

El robo sigue siendo robo.

La esclavitud, sea en el grado que sea, sigue siendo esclavitud.

La constitución expresa con prosa florida los medios por los que los derechos han de subordinarse y transformarse en privilegios condicionales: por ejemplo, la diáfana “voluntad del pueblo” estará “representada” por un puñado de personas reales llamadas políticos y funcionarios y jueces, cuyas opiniones se convierten en obligatorias para “el pueblo”.

Pero esto es palabrería de abogado. No hay ningún “pueblo”. Ningún cuerpo único, imbuido de una sola conciencia y (moralmente, el punto clave) unánime en su sentimiento, capaz de dar un consentimiento libre unánime a una acción del estado. Sin esa unanimidad y libre consentimiento se pisotea la voluntad del pueblo individual, lo que es contrario a sus derechos y por tanto nunca puede ser moral.

Esta idea de que un acto en otro caso inmoral (cuando lo realiza autónomamente una persona) se convierte no solo en legal, sino en moral cuando se hace a través de “representantes” del “pueblo” o a través de la falsa representación de las urnas es una doctrina despreciable en el mismo núcleo de la inmoral Constitución y pretende la subordinación del individuo.

Es responsable de todo lo que pretendían los autores de la cosa, y lo que pretendían era un gobierno ilimitado. Un gobierno que pueda (en principio) hacer todo lo que quiera, siempre que se haga a través de “los representantes del pueblo” después de una votación sobre el asunto.


El artículo original se encuentra aquí.

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